····· He querido retomar el blog, tras varios meses quizás de reflexión, en los que los compromisos académicos no me han permitido demasiado tiempo para dedicar a este espacio. Quiero hacerlo con uno de los primeros relatos que recuerdo haber escrito, allá por mis catorce años. Su título: “Un destino inquebrantable”
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·····Un nuevo relámpago tiñó el cielo con un resplandor blanco, lo que permitió que la oscuridad propia de la noche se disipase en la estancia. La noche, como sucedía en muchas ocasiones, solo hacía que contribuir, junto con el mal tiempo, a acrecentar la tristeza que reinaba en aquel momento. Un anunciado estruendo se dejó oír a los pocos instantes. Era una mala noche, posiblemente la peor que ella recordaba, y no solo en cuanto a la climatología se refería.
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·····Lucía continuaba allí, en silencio, arrodillada frente a las escaleras que comunicaban con la planta superior de la enorme casa. Posiblemente hacía frío, pero ella no sentía nada: estaba tan aislada en sus pensamientos que su mente le impedía percibir cualquier tipo de estímulo. ¿Qué habría pasado en aquellas últimas seis horas? ¿La habría llamado alguien por teléfono? ¿Habría llamado alguien al timbre durante aquel último cuarto de día? No lo sabía. No lo sabía y no le importaba porque, realmente, ya prácticamente nada le importaba. Sin embargo, dada la remota situación del lugar en el que pasaba gran parte de su tiempo y en el que entonces se encontraba, dudaba que alguien hubiese requerido de su presencia. Aunque lo hubieran hecho, posiblemente no hubiesen sido recibidos. Y es que aquel era un día negro para la mujer.
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